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29-03-2017
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Hormiga Negra presentó su octavo libro en la quinta Los Ombues de San Isidro

Poco es lo que podemos decir de esa noche en la hermosa y excelentemente bien conservada quinta Los Ombues de San Isidro cuando nuestro querido Presidente Honorario Hernán "Hormiga Negra" Álvarez Forn presento su octavo libro: "LA INDEMOSTRABLE GLORIA DEL CAPITAN CARL TIDBLOM - Primero en la Antártida", publicada por el Instituto de Publicaciones Navales del Centro Naval y auspiciada por ATNA.

La presentación estuvo a cargo de nuestro también querido amigo Jorge Bergallo, a cargo de Publicaciones Navales del Centro Naval y como siempre fué afectuosa, didáctica y ocurrente.

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(Fotos gentileza de Alberto Mora de Portal UNO Argentina)

Las palabras de presentación de Hormiga dicen lo que corresponde:

TIDBLOM, PRESENTACIÓN.


Cuando un autor presenta un libro se encuentra ante un compromiso: si dice demasiado acerca de su contenido o de su final, está malogrando el suspenso que le puede atraer lectores.

Si no dice nada del libro, su charla carece del atractivo natural que su presentación los trajo aquí. Si se aparta demasiado del tema, nadie se va a interesar en el libro.

¿Es mejor que calle para siempre?

Afortunadamente no.

Queda el recurso de contar cómo se pergeñó el libro, de dónde sacó sus personajes, en qué basó su narraciones, qué experiencias personales volcó ahí dentro, qué verdad histórica encierran los personajes y los acontecimientos y cuánto inventó lisa y llanamente.

Pues…de todo eso hay aquí un poco.

La historia novelada es un plomo; mejor es relatarla tal cual se supone que fue o tal cual nos fue legada por Grosso, por ejemplo, que signó nuestras mentes juveniles para siempre con su “Grosso chico”, en el  que estudiamos la historia argentina los de mi edad. Una novela histórica goza de mayores libertades: se caracteriza por deformar la novela y deformar la historia en la medida que el autor lo necesite o lo crea conveniente.

De cualquier manera siempre recordamos a Sir Walter Raleigh que estando en cufa en la Torre de Londres, que por cierto no es una torre sino un castillito,  para entretenerse  escribía la historia de Inglaterra.

De pronto ocurrió un tumulto en la entrada.

Cuando preguntó qué había pasado, le llegaron varias versiones diferentes.

Entonces conjeturó: si no puedo saber qué ocurrió aquí hace minutos, mal puedo saber la historia de Inglaterra de años atrás.

Y rompió su manuscrito, lo cual quizá fue muy saludable para la literatura británica, ya que como marino era un genio, pero como escritor…

Entonces aparece un ingrediente muy interesante: la cantidad de hechos comprobables o documentados que se introducen en una reconstrucción histórica y la cantidad de macaneo entretenido  con que se mechen las verdades.

O, lo que hasta hoy tuvimos como verdades, porque  para complicar la cosa han aparecido los revisionistas, que terminan de embrollarnos los apacibles conceptos con que vivimos muy tranquilos tantos años.

Hay temas, sin embargo, acerca de los cuales los historiadores de hoy y de ayer, por fortuna, trataron muy someramente o con poca idoneidad: el mar y la navegación de cada época.

Claro: es un especialidad a veces reñida con el normal estudio de la historia, reservada para unos pocos fanáticos de la navegación que sí hablan de ella y la desmenuzan con placer, porque han encontrado una veta rica y poco explotada, bastante ignorada y frecuentemente soslayada que, para beneficio de los iniciados, posee además un críptico idioma propio, en el cual aparecen un sinnúmero de términos abstrusos, aunque científicamente precisos, que rodean al autor de un aura de misteriosa sabiduría e impiden que los legos en la materia se atrevan a discutirle.

Hurgando por ahí, la navegación está bastante bien documentada, pero el mar le lleva una ventaja, porque ya sea el del tiempo de los griegos, o el de Colón o el de hoy en día, el mar siempre se comportó más o menos igual y una experiencia personal de haber andado por el Mediterráneo, haber cruzado el Atlántico o de haber aguantado una sudestada frente a Buenos Aires, es prácticamente la misma que soportó Ulises, Don Cristóbal o los domingueros que pasan por aquí enfrente.

Ahí, en el río, en el mar y sus humores, es quizá en lo único que puedo alardear de experiencia propia. Sobre todo en el mar; además de profundo respeto, como corresponde a su calado, siempre conseguí mantener con él una especie de amistad.

Yo traté de no contrariarlo y él me respondió evitando castigarme demasiado duramente.

Algún amigo navegante me lo ha dicho: en este libro contaste todo lo tuyo.

Que se lo puse a Josep o a Carl, es un mero endosar los recuerdos, con la deliciosa salsa y sabor que le otorgan el tiempo y la imposibilidad del lector para comprobar lo que el autor afirma.

¿Y de dónde surgieron los personajes?

Pues en Josep, un muchacho catalán que hila toda la narración, quise expresar un pequeño homenaje a mi abuelo, Josep Forn.

Cuando una vez, comunicando por radio con un grupo de españoles, les aclaré que era nieto de catalanes, me contestaron: “Bueno. Pues algún defectillo hay que tener”.

Estoy orgulloso de ese “defectillo” y ensarté por ahí algunas palabras en el idioma de mis ancestros.

Al personaje principal no lo encontré yo: él me encontró a mí.

Me ha pasado varias veces en la vida.

Así se me cruzó Darío Saráchaga, que me llevó a escribir el “Cronicón de un marinero”, con el admirado capitán Luis Piedra Buena, al que homenajeé en “Memorias posibles”, con los loberos de Tierra del Fuego del novecientos, como Oreste Grandi, en “La tempestad y después” y ahora con Carl Tidblom, de quien no diré mucho porque todo lo que sé de él, está en el libro y no se los voy a contar gratuitamente.

Son como fantasmas que moran en las perdidas bahías y puertos en que me he metido con mi velero: al entrar en San Juan del Salvamento, en la isla Los Estados, en Puerto Español en Tierra del Fuego o en Decepción en la Antártida, ahí estában esperándome, como pidiendo que escribiera sobre ellos.

En muchos casos no se necesita más que se recuerde lo que hicieron, lo que fueron.

En otros, como el de Tidblom, el lobero,  hay que contarlo por primera vez, porque lo que hicieron en su momento es indemostrable.

Pues ocurre que los loberos preservaban de tal manera sus cazaderos para uso propio, que jamás informaban sus destinos y hasta sus anotaciones geográficas las deformaban con nombres inventados por ellos.

Todos, menos uno: el norteamericano Nathaniel Palmer, que se vanaglorió de ser el primero en la Antártida…un año o más, después de Tidblom, porque éste, prudentemente, sólo despachaba “al Sur a cazar pieles”.

Tidblom apareció en Buenos Aires poco después de los acontecimientos de 1810.

No sé porqué eligió este  apartado rincón del mundo para afincarse, viniendo de una Europa sacudida por Napoleón y a la vez de una cultura tan evolucionada que, por ejemplo, Beethoven ya había escrito la sexta sinfonía, la deliciosa Pastoral.

Regresando a ese sueco  que prefirió instalarse en un Buenos Aires incipiente, cuando los marinos de carrera eran muy bien cotizados para armar la primeras naves de geurra nacionales, en lugar de ofrecer sus servicios, curiosamente prefirió sí ejercer su profesión, pero en la esfera mercante y financiado por importantes personajes locales, encaró un eficiente negocio de caza de lobos marinos. Sospecho, siempre con la libertad literaria de conjeturar, que sencillamente no se llevó bien con Guillermo Brown, lo cual, afortunadamente, tampoco se sabrá jamás a ciencia cierta.

La extensión de sus viajes se anuncia en el subtítulo del libro: “Primero en la Antártida”.

Tidblom estuvo allí en 1819 o quizá antes y con un barco despachado en Buenos Aires. Desde entonces la relación de nuestro país con el continente antártico fue in crescendo. En 1903 la Argentina mandó a la corbeta Uruguay a rescatar a Nordenskjol.

Desde 1904 en adelante, gracias a la visión de estadista del presidente Julio A. Roca, nuestro país tiene una base permanente en las Orcadas de Sur.

En la década del 50, cuando se admitían reclamos territoriales por sectores, llegamos a tener en funcionamiento 10 bases y 54 refugios, se relevaron las cartas de la Antártida más precisas del momento y se instalaron balizas para ayuda de la navegación. Hoy en día funcionan 5 el año redondo y otras 5 bases solo en el verano.

Por el Tratado  Antártico, no hay soberanías, pero sigue siendo muy importante la presencia nacional allí, la más antigua en la historia de las presencias de las naciones.

Creo que esto basta para llamar la atención de nuestros compatriotas sobre la importancia de esa región y la necesidad de conservar esas bases y gente nuestra ahí.

Me queda por explicar qué tiene que ver San Isidro con todo esto.

Pues que parte de la acción de mi libro transcurre aquí, aquí mismo, en la costa donde está el Museo Pueyrredón y en esta misma casa en  que estamos ahora.

El asunto comienza con una fuerte sudestada en la que el buque donde está Josep, anclado frente a Buenos Aires, zafa el ancla y viene a vararse aquí no más, en ese saliente que es ahora Punta Anchorena. Josep se queda en la región y ronda esta casa porque hay una mulata que…bueno, pues a leerlo con sus propios ojos.

Así transcurrió la creación de este volumen con cuya  síntesis he abusado de la paciencia de ustedes y termino antes que ustedes intenten terminar conmigo.

Muchas gracias.

 

GALERIA DE IMAGENES

(Fotos propias y gentileza María Ines FLores)

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